El cuerpo que habitamos, refugio de nuestro andar nos va desafiando en un mundo invadido por “las buenas formas”.

Por Claudia Mónica Garcia. Lic. en Psicología.

Formas terriblemente sesgadas para muchos que suelen representar duelos propios y ajenos ante lo no esperado, emergencias de la vida cotidiana que pugnan por propiciar un “buen estar” y que suelen no hallar ni cobijos emocionales ni materiales para una vida plena.

La Discapacidad se nos presenta florida como paisaje que nos interroga, otoñal cuando faltan apoyos y bravía y desafiante cual nevisca inesperada.

Ver habitar y habitarnos en cuerpos interpelados, nos insta como agentes de salud, a subjetivar empáticamente a nuestros pacientes, a reaprender y mirar lo posible, lo humanamente posible.

¿Quién fue mi paciente antes de esa disrupción? ¿Qué extraña de si?, ¿Cuenta con una red de apoyos que como seres humanos necesitamos? Mi paciente ¿se siente con Discapacidad o lo social lo discapacita?

Como Docente interpelo a mis estudiantes a propiciar estas preguntas cuando su vocación humanitaria aspira a trabajar con sujetos con Discapacidad.

Finalmente, comparto estas reflexiones para aceptar que, realmente somos todos únicos e irrepetibles y que todos, por ser Humanos, tenemos el merecido derecho a una vida digna.