Violencia hacia las mujeres: análisis y visión de una enfermera mexicana

Por Karla Mijangos

Como mujer y enfermera mexicana, el tema de la violencia contra las mujeres atraviesa mi subjetividad en la forma de mirar el mundo, pero más en la forma de estar y vivir en un contexto de altas violencias e inseguridades para las mujeres.

En México ser mujer ya genera una condición desigual; desde que se nace bajo esa categoría dividida por el sexo, ya se auto-piensa y auto-construye una idea generalizada en función de la forma de ser y comportarse bajo esos estigmas e imaginarios co-creados por una sociedad patriarcal como la mexicana.

Ser Mujer en todas partes no parece ser fácil, pero ser mujer en una sociedad altamente violenta como la mexicana, es vivir en un océano de posibilidades para y por sufrir diversas agresiones, que van desde acosos callejeros hasta feminicidios (como último eslabón del violentómetro).

En términos generales, desde que naces vas construyendo emociones, sentimientos y conductas que habrán de encajar en el imaginario mexicano de ser mujer. Muchas de las mujeres sufrimos violencias desde los hogares, no se diga en algunas comunidades indígenas donde aún persisten prácticas de intercambios de mujeres por ganados o porciones de tierra. Sin embargo, el derecho de pertenecer a estos territorios, se considera encajar en estas prácticas que expropian y dañan los cuerpos de las mujeres, no obstante, se aceptan porque se dicen ser “prácticas tradicionales y/o costumbres” del lugar de origen.

Asimismo, la reproducción de las violencias las vemos claramente descifradas en las telenovelas, en las escuelas, en las calles, en el contacto con otras mujeres, en fin, las vemos adheridas a todos nuestros espacios. Por ejemplo, cuando empiezas a crecer, y tu cuerpo va adoptando otras formas que abonan a los estándares sexualizados de belleza, sientes que la calle se transforma en un lugar inseguro para andar; sientes como las miradas de los hombres de diversas edades y características te observan con un sentido, un tanto falocéntrico, muchas mujeres suelen decir que, sienten que los hombres las desnudan con la mirada. Justamente esto no lo entiendes hasta que lo vives, realmente te sientes desnuda en la intemperie de la soledad y de la inteligibilidad de no saber qué ocurre.

Sumado a todas estas emociones, se agrega un elemento catalizador del acoso, los famosos “piropos”; que, de un lenguaje pintoresco y tradicional pasan a ser un lenguaje incómodo, agresivo y que afecta todos tus sentidos, tus miedos, tus formas de actuar y vivir en sociedad. Porque justo cuando se viven estas prácticas, te das cuenta que ya no deseas usar ciertas prendas de vestir, que ya no puedes pasar frente a un grupo de hombres reunidos, en general, quieres cambiar todo tu ser y silueta visible por un ser invisibilizado y borrado.

Como decía, las violencias se viven en todos los espacios, y como mujeres enfermeras también llegamos a transitar por estos entornos de violencia. El trabajo, en muchas ocasiones se convierte en el espacio idóneo para reproducir la agresión contra las mujeres. A este respecto, muchas enfermeras hemos recibido mensajes y tocamientos de parte de los pacientes masculinos, pero no sólo de ellos, también nos hemos enfrentado al acoso laboral de parte de los jefes y autoridades por el cambio del cuerpo, de una salida, de una mejor situación laboral. Incluso, podemos dar cuenta que la forma de enunciación desde los hombres hacia las mujeres suele ser desigual. Me ha tocado escuchar a profesionales y trabajadores hombres que les dicen a las mujeres enfermeras y médicas “corazón, cariño, niña, señorita” etcétera, como una forma de apropiarse del dominio y poder del cuerpo de las mujeres, sin embargo, ésta es una cultura que se acepta, se reproduce y enaltece a la imagen del gran macho mexicano.

Tal como señala Rita Segato, en México existe una pedagogía de la crueldad. En definitiva, la sociedad mexicana ha creado sus propias metodologías, competencias, habilidades y actitudes hacia una cultura de reproducción de la violencia contra las mujeres. No es menester decir que los feminicidios no han encontrado una categoría jurídica que sancione a los feminicidas, que emplee elementos concretos de investigación para el crimen, que desmitifique el concepto violencia intrafamiliar versus feminicidio, que dé seguimiento y apoyo a los familiares de las víctimas, y muy específicamente, que transforme las representaciones sociales de la sociedad para seguir culpando a las mujeres por su propia muerte.

Es difícil decirlo, pero esta sociedad mexicana apremia y gusta de ver noticias que incluyan a mujeres envueltas en un crimen feminicida, y siempre concluyen, justificando al agresor por el famoso tema de “Crimen pasional”, o, peor aún, la sociedad mexicana asegura que los hombres bajo efectos del alcohol o drogas, no saben lo que hacen, el fin último, es seguir reproduciendo esta pedagogía de la crueldad y violencia contra los cuerpos de las mujeres, que para México no somos más que objetos de reproducción, de sumisión, de obediencia, de semejanza a una imagen cristiana de abnegación y aceptación del sufrimiento por el solo hecho de ser mujeres, que como ya dije, también es una construcción creada para el dominio de esos cuerpos que son diversos a los cuerpos masculinizados.

En síntesis, como enfermeras no podemos atender la salud, sin entender todos estos entramados de violencia y consideraciones que solo a través de la perspectiva de género podemos mirar y analizar, porque simplemente, la concepción e imagen de la enfermería se ha construido bajo un paradigma sexista y heteronormado, quizás es ahí donde debemos escarbar las heridas y los estigmas que producen un velo en la construcción y transformación de nuestra profesión.

25.08.2020 – Ciudad de México, México – REHUNO – Red Humanista de Noticias en Salud

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